miércoles, 19 de mayo de 2010

Yoritomo Mamoru: Parte IV

Oye voces. Se nota la cabeza pesada, como si hubiese bebido demasiado nihonshu. Sus párpados se empiezan a abrir...

-Tranquilo señor, no se incorpore tan rápido -escucha. El timbre de la voz le suena. Cuando consigue abrir los ojos ve la figura de una persona al lado suya. Pelo recogido en una coleta, bigote y una cicatriz en su mejilla. Se trata de Domoi, su asistente personal -¿Cómo se encuentra? -le pregunta cortésmente. Él se nota aún confuso y echa una mirada al lugar donde está. Parece una pequeña habitación desconocida para él, o eso cree.

-¿Qué... ha pasado? -pregunta Mamoru. -Eso mismo querríamos saber -responde una voz desde fuera. Estando tumbado como está sobre el futón no es capaz de ver más alla de Domoi, pero percibe la puerta corredera abierta y a alguien tras su asistente. Éste se levanta rápidamente dejando un hueco entre su señor y el recién llegado. Frente a un convaleciente Mamoru aparece un samurai de mediana edad, delgado pero no por ello débil, con un pelo castaño que cae a ambos lados de su cabeza por igual, ocultándole las orejas, en una corta melena. -Permítame presentarme. Me llamo Kitsuki Akikazu, magistrado esmeralda al servicio del Campeón Esmeralda, Kakita Toshimoko, y de su Excelencia, el Emperador. -Su reverencia es sincera. Mamoru repara en su mirada, inquietante como pocas, pues sus ojos son verdosos, pero dependiendo de la luz que les llega, o del ángulo por donde le mire, le parecen amarillos o dorados -Sé lo de vuestro padre... pero me temo que traigo más malas noticias, Mamoru-san. Vuestro tío, Yoritomo Katashi, ha fallecido.

El viejo ha muerto. Pero... ¿cómo? Él había querido apuñalar su bastardo corazón insensible, era cierto. Mas ahora recuerda que no lo había llegado a hacer. -¿Qué... le pasó? -pregunta.

-El té que habéis bebido estaba fuertemente cargado con una hierba somnífera. La dosis era lo suficientemente potente como para dejar a alguien inconsciente durante un día entero... En el caso de vuestro tío, dada su avanzada edad y su lamentable estado de salud ha sido demasiado. Lo lamento.

¿Envenenado? Mamoru parece no entenderlo todo... a no ser que...

-¿Su tío fue el que llevó a cabo la ceremonia del té? -pregunta impasible aquel samurai. Mamoru percibe algo en esa manera de preguntar. ¡Claro! Todo encaja. Aquel magistrado está tras la pista que él mismo ha seguido y que lo ha conducido hasta su tío. Pero si espera que él ayude a involucrarlo de alguna manera está equivocado. -Sí -responde lacónicamente. Su mente comienza a trabajar y se da cuenta de lo que el samurai acaba de deducir por su respuesta. Su propio tío se ha suicidado. Él sabe por qué pero el hombre que tiene ante él no. -Por lo que he visto en sus dependencias parece que le gustaba llevar a cabo la ceremonia con frecuencia. Me resulta más que raro que no se hubiese dado cuenta de que la cantidad que estaba usando de estas hierbas relajantes eran excesivas... ¿No le parece, Mamoru-san? -le pregunta entonces, como sin darle importancia. Pero sus ojos no dicen lo mismo.

-No sé a dónde quiere llegar -responde mintiendo descaradamente. El magistrado asiente ligeramente. -Puede que le sorprenda, pero estoy empezando a pensar que la muerte de su padre y de su tío están muy relacionadas. No puedo dejar a obra de la desdicha que vuestro tío haya muerto justo varias horas después de que una explosión accidental haya destruído el barco que capitaneaba vuestro padre... aún más cuando ambos sabemos lo que transportaba... ¿no le parece, Mamoru-san? -dice conservando una fina y delgada línea en sus labios, que pretenden adoptar un gesto amenazador.

-Tenga cuidado... Akikazu-san. Está llegando a unos límites un tanto cínicos -contesta ocultando su desagrado.

-Mis disculpas si le he ofendido Mamoru-san. He de retirarme por ahora. Le aconsejo que descanse hasta que se encuentre mejor. Volveremos a vernos -
dice mientras se despide con otra reverencia.

-Desde luego... -susurra Mamoru.

lunes, 17 de mayo de 2010

Yoritomo Mamoru: Parte III

El cielo se ha oscurecido, víctima de acuciantes nubes que han surgido como de la nada, lo que confiere todo de un aspecto lánguido y triste. El ascenso por la cuesta se hace largo. Los pies no le resbalan pese a las primeras gotas de lluvia que comienzan a caer, que empapan la tierra y los brotes de hierba por los que deben surcar sus pasos. La fiereza que descarga el cielo contrasta con la indiferencia que muestra el rostro de Mamoru.

Un pequeño puente de piedra atraviesa los dos peñascos, conduciendo a los visitantes hasta la entrada. Allí arriba del todo, rodeado sólo por acantilados que son devorados por la impetuosidad de la mar, se alza la casa de su viejo tío. Un criado lo recibe y lo conduce hasta la sala principal, donde una chimenea ofrece un mejor ambiente que el que se está gestando fuera. Al poco aparece su tío, un anciano castigado por las vicisitudes del destino, que perdió sus dos piernas durante un conflicto naval. Ahora sólo puede moverse gracias a un palanquín que llevan un par de criados. Les pide que se marchen.

-He oído lo de mi hermano. Lamento su pérdida -dice en cuanto están solos. Mamoru lo observa sin añadir nada. Se produce un pequeño silencio. El viejo comienza a preparse un té mientras prosigue la conversación. -También sé por qué estás aquí -asegura, levantando la mirada de las hierbas que está manipulando. Mamoru y él cruzan miradas durante un instante. Las dos sombras que proyectan, una fuerte y erguida y la otra achaparrada y hundida, se encuentran gracias a las llamas del fuego. -Pero no hallarás ni gloria ni paz con ello. -El silencio se prolonga demasiado tiempo, roto sólo por el crujir de los leños y el golpe de mortero del viejo. -¿Crees que eso es lo que tu padre habría querido que sucediera? Estás muy equivocado si piensas eso muchacho. Ni él, ni yo, ni mucho menos tu padre queríamos que esto acabase así, pero no nos ha quedado otra alternativa. Acércame la tetera, por favor.

Mamoru se la ofrece a su tío, que introduce dentro los materiales y los deja reposar. Mientras se prepara la bebida continúan hablando. -Olvídalo todo y sigue con tu vida. No vas a arreglar nada si continúas adelante, sólo lograrás una deshonrosa muerte y traer la desgracia a nuestra familia. Y créeme muchacho, no quieres hacer eso -concluye con un gesto inequívoco en su mirar. El joven se tensa.

Cuando el agua está lo suficientemente caliente y tras haber preparado un par de tazas convenientemente, el anciano sirve el té. Se lo ofrece a Mamoru, que lo acepta. La mano que permanece en un segundo plano, oculta tras la otra que sujeta la taza, comienza a ir por su cuenta, guiada por el instinto del samurai. Probablemente el viejo se da cuenta, pero no dice nada. Ambos beben. -Todo lo hemos hecho por el bien del clan -dice el anciano. La mano de Mamoru roza su wakizashi. -Espero que algún día llegues a... comprenderlo -y el viejo tío desfallece súbitamente sobre la mesa. Antes de que la incredulidad sobrepase a Mamoru, éste cae también sobre ella. El silencio, esta vez, es mucho más largo.

domingo, 16 de mayo de 2010

Yoritomo Mamoru: Parte II

La oscuridad comienza a envolverle. El viejo empedrado comienza a ser más tosco e inexistente y las lámparas de piedra dejan de acompañarle. Los edificios comienzan a estar más apiñados entre ellos, la basura llega a acumularse en verdaderos montones de porquería, en el que mendigos, indigentes y pobres almas que no tienen nada que llevarse a la boca se disputan cada pequeño bocado. Las moscas revolotean cerca suya, acercándole el olor a orín a un palmo de su nariz. Gente de la peor calaña se apilan en callejones aún más cerrados, observándole sin cesar, pero sin atreverse a decirle nada. Todos saben quién es y saben por qué está allí.

Mamoru recorre de memoria las intrincadas callejuelas, sabedor de su destino. Su paso es firme y decidido. Constante. No es la primera vez que recurre a las clases bajas de la sociedad. Rufianes y ladrones para algunos, buenos informadores si se les satisface para otros. Si alguien sabe algo de lo ocurrido ellos lo saben. Siempre lo saben. Aunque a veces haya que ponerse más duro de lo deseable.

Dos farolillos rojos, un cartel rosado con unos kanjis provocativos y el olor a incienso barato se muestran ante Mamoru. Una destartalada vivienda con apolilladas vigas que se ven desde el exterior acoge a todos aquellos desgraciados que tienen ganas de gastar su sueldo. El guardia de la puerta no tiene valor suficiente para decirle nada a Mamoru y sólo agacha la cabeza mientras el samurai se introduce en el interior.

De repente un sofocante calor le asfixia. El ambiente está cargadísimo. La sala está repleta de gente, que charla, canta, se pelea y se desfoga con falsas geishas. Sólo utilizan ese nombre para no llamar demasiado la atención, pero todos saben que aquel antro no es más que un lugar de perversión. Mamoru recorre la estancia con la mirada hasta que da con el que está buscando.

Al fondo de la habitación principal, junto a aquellas escaleras que nadie sabe cómo siguen en pie, dos hombres ponen a prueba su habilidad lanzando cuchillos contra un tablón de la pared. Uno de ellos, aquel que busca, ha ganado su duelo, pero parece que el otro no se muestra muy conforme con el resultado. El brillo de una pequeña hoja sale de una de sus mangas y se dirige sin demora hacia el vientre de su rival. Pero éste está atento, y es ágil para su tamaño. Aferra fuertemente la muñeca de su contrincante y la entrechoca contra la pared. El golpe inesperado le hace soltar el cuchillo. Antes de que éste toque el suelo la daga ha cambiado de manos y termina en el costado de su propietario inicial. Sangre. Muerto. En pocos segundos el cuerpo ha sido retirado y la fiesta continúa.

Mamoru avanza sin demora hasta hallarse al lado de su hombre. Le habla. El otro le responde. Ambos saben lo que cada uno quiere. Una moneda cambia de manos y ambos se dirigen a una zona apartada. El hombre cuenta lo que sabe. A medida que los detalles se van sucediendo Mamoru se siente más desconcertado. Finalmente los labios del hombre se sellan con un nombre. En ese momento Mamoru siente como si él hubiese recibido otra puñalada.